Lo que el fútbol une, nadie lo separa

Un cuento de Osvaldo Boscacci

futbol une

En la casa de Esteban la empleada había preparado, como era habitual cada Domingo, un desayuno importante, estilo americano, con huevos, jamón, variedad de ofertas dulces, jugos.  Con todo hecho, Rosita se despedía hasta el lunes y viajaba en tren hasta Ezpeleta para compartir unas horas con su hermana.  Esteban y su familia, la esposa y dos hijas mujeres adolescentes, estaban listos para compartir, también como todos los domingos, ese suculento desayuno.  Encuentro familiar este que permitía, como ningún otro día, la comunicación y así todos se enteraban de las cosas de todos.  Pero ese Domingo tenía una impronta diferente.  Esteban estaba extrañamente desinteresado de todo lo que las mujeres iban contando.  Estaba como en otra frecuencia.  Raro, porque él era un tipo de hacer muchas preguntas, de ser un buen oyente y le gustaba y disfrutaba al recibir toda la información sobre la marcha del negocio de su esposa y de las andanzas de las chicas, en la facultad la mayor y en la secundaria la menor.  Una de sus hijas se lo hizo notar desde una pregunta simple y casi obvia, "qué te pasa, papá?, estás raro...". Y era verdad, estaba raro.

 

Esteban pidió perdón pero aunque hiciera el esfuerzo no podía concentrarse.  Su mente -y su corazón- estaban adelantados unas cuantas horas.  Ya estaban en la cancha.  Esa tarde su equipo jugaba el clásico, de local y un mal presentimiento parecía invadir todo su ser.  No podía sacarse ese pensamiento de la cabeza, y cuanto más se atormentaba por esa suerte de negativa premonición más rogaba que "por favor hoy ganemos.  Como sea.  Con un gol con la mano en el último minuto.  No importa nada.  Solo, ganar."

 

Esteban llegó temprano, probable, o mejor dicho seguramente, más temprano que lo habitual.  Esa tarde, como muy pocas tardes, no se lamentó por no tener un hijo varón con quien compartir esta pasión inexplicable que crecía cada vez que veía sus colores en la cancha.  El mal presentimiento seguía presente.  Por eso esa tarde no había lamento.  Tal vez de manera inconciente se conformaba pensando que de haber estado con el varón que la vida no le quiso dar, hubiera sufrido igual que él.


Contar el partido no tiene mucho sentido, sería una forma de agrandar el relato inútilmente y no tiene mucho que ver con el fondo de la cuestión.

 

El pálpito de Esteban se cumplió de la peor manera.  No sólo perdieron, los golearon, los bailaron.

 

Se quedó sentado en esa platea que ocupaba desde hacía tantos años y fue uno de los últimos en salir de la cancha.  Ya había empezado a anochecer.  Hacía frío pero eso era lo de menos, en realidad, ni se dio cuenta de que hacía frío.  Y cuando salió de la cancha no fue a buscar el auto.  Prefirió caminar.  Sin rumbo.  Recorrió las calles del barrio, miraba las casas de los vecinos del estadio y volvía a pensar lo que había pensado tantas veces: "cómo me hubiera gustado vivir aquí, cerquita de la cancha".  Después empezaron a revivir en su mente momentos de otros partidos, esos que están en el mejor rincón de los recuerdos, en un lugar privilegiado.  Aquella tarde que en la cancha de ellos cuando les metieron seis, o cuando dieron la vuelta olímpica en su propio estadio.  Desfilaron decenas de goles, que digo goles, golazos, que costaron inolvidables y placenteras afonías.  Los recuerdos trajeron cierta calma.  La caminata dolorosa empezaba a cambiar y hasta resultaba relativamente placentera.

 

En la otra punta de la ciudad, en una zona mucho más humilde, Rafa lavaba la taza en que había tomado su mate cocido a modo de desayuno y, como el viaje era largo, se despedía de la mujer y los chicos y ponía rumbo a la cancha.  Colectivo, tren y colectivo.  Más de dos horas de viaje desde su casa al estadio, pero que importancia tenía eso.  El placer de verlos salir a la cancha, de gritar los goles, de llorar de alegría, nada, nada, podía compararse a esa dicha desbordante que provocaba cada triunfo de su equipo.  Ni que hablar en el clásico.  Rafa tenía toda la seguridad de que esa tarde habría festejo.  Hasta tomó la precaución de esconderle unos pesitos a la mujer para invertirlos en la celebración.  Su conciencia le decía que era justo y merecido.

 

En un momento, Esteban y Rafa coincidieron en la cancha.  Claro, uno en la platea, otro en la popular.  Los dos veían lo mismo.  Seguían las coincidencias: los dos deseaban lo mismo, después los dos sintieron la misma frustración, el mismo intenso dolor.  También coincidieron al finalizar el partido y no pudieron regresar de inmediato para la casa.  Rafa también necesitó caminar un buen rato.  Nunca en la vida se habían visto, jamás uno oyó hablar del otro.  Sin embargo, cuántas cosas en común... bah, tantas en común y tantas diferencias.  Socialmente, las diferencias eran distancias insalvables.

 

Como si existiera un mágico titiritero que manejara los piolines del pensamiento de la gente, Rafa también, después de una larga caminata, volvía a repetir tardes de fútbol más placenteras que la que acababa de terminar.

 

Naturalmente los lindos recuerdos, asociados a alegrías imborrables, cambian el humor y si cuando uno está amargado, frustrado, triste, pareciera que el estómago se cerrara y ni pensar en comer nada, cuando esa angustia se desvanece el estómago se reconcilia con el resto del cuerpo y se abre a otros deseos.  Rafa y Esteban tan lejos, tan cerca, recibieron casi al unísono un llamado impostergable: tenían hambre.

 

Casualidades, cosas del destino, vaya a saber, Rafa y Esteban entraron a la misma pizzería.  Por supuesto, al principio, ninguno de los dos notó la presencia del otro.  Fue un poquito más tarde, cuando iban por la segunda porción de muzzarella que las miradas chocaron.  Es verdad que a veces una mirada dice más que mil palabras.  Pero fue Esteban el que abrió la boca mirándolo a los ojos:

- ¿Qué nos pasó, hermano?  (Está demás aclarar que era absolutamente innecesario preguntar de que cuadro era, los ojos inevitablemente vidriosos tenían la respuesta)

- No se, -las palabras de Rafa fueron casi inaudibles.  Un lamento en monosílabo.

- Hoy fuimos un desastre, porque ellos no son ninguna belleza (esta palabra Esteban la dijo en tono italiano, belezza).  Nosotros fuimos un desastre, y el cuatro ese no puede jugar más... los dos primeros goles vinieron por su lado y después es muy difícil, con dos abajo, los perros esos tomaron confianza...

 

Esteban lo invitó a Rafa con otra porción.  Después le dijo que lo acercaba hasta la estación a tomar el tren.  Antes de dejarlo le dio su tarjeta y le dijo "llamame cuando quieras, por ahí arreglamos y de visitante un día vamos juntos...".  Rafa mirando la tarjeta se animó a decirle que estaba buscando trabajo.  A la pregunta de Esteban ¿qué sabés hacer? la respuesta de Rafa: "de todo, medio electricista, medio carpintero, se lavar pisos, pintar paredes, de todo, hasta de plomería tengo conocimientos básicos".  La última línea, precisamente las dos últimas palabras, le causaron gracia a Esteban.  "Conocimientos básicos", parecías palabras extraídas de otro diccionario, un lenguaje extraño al habitual en Rafa.  Por eso a Esteban le causó gracia.  De todas maneras, irrelevante.  Lo cierto es que le dijo que ahí en la tarjeta estaba la dirección que pasara por la fábrica, que a lo mejor tenía algo....

 

Esta historia, tal cual la hemos contado, pasó hace 25 años.

 

Esteban ahora camina junto a Rafa por los pasillos del hospital donde su mujer, la de Rafa, está esperando un milagro para sobrevivir.  Esteban recuerda el día que se conocieron.

 

-Mejor no me hagas acordar, hasta ahora, porque el de hoy puede ser más triste, aquel fue el día más triste de mi vida, que baile que nos dieron esos hijos de puta...- dijo Rafa.

 

Y no importa lo que pase.  Lo que el fútbol une, nadie lo desune.

 

 

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